19 de junio de 2012

El sueño de la niña blanca (XIII)

El sueño de la niña blanca se termina. Gracias a todos los lectores.
Éramos dos Soles, dos nuevas estrellas en la infinidad del Universo. No había lugar para la tristeza. Y por fin pude coger su mano. Y empezamos a correr por el mapa celeste, como dos delfines enamorados, como dos estrellas fugaces, en una carrera eterna, en una carrera que aún no ha terminado.

FIN

12 de junio de 2012

El sueño de la niña blanca (XII)

En el sueño de la niña blanca parece estar por igual en el infierno que en el ártico
De donde caían las coronas funestas, vino una túnica blanca que cubrió mi cuerpo desnudo. Anduve entre los sarcófagos abiertos, en espera de mi reposo, hasta un manantial que inversamente absorbía el agua hacia el interior de una roca plana. Sobre ésta, reposaba la niña blanca, con las manos en cruz sobre el pecho. El vestido blanco que llevaba puesto se confundía con su rostro. La corona de flores blancas contrastaba con su pelo negro. El riachuelo ascendía por la pendiente y saltaba hacia la oquedad de la roca. Comprendí que aquella fuente resucitaría a la niña blanca. La fuente que bebía el agua, también bebería mi aliento húmedo, que había asesinado a la niña detrás del Sol. Y así fue: la niña se secó, y el fuego volvió a brotar en uno de sus dedos, en sus ojos, en su pecho, en sus rodillas. Pero yo volvía a estar triste, porque ella estaba sobre la roca y yo estaba en el suelo. Y no podía subir, frustrado como un niño. Ella también me miró, esta vez con la tristeza del cierzo y del hielo. Darle la vida era no vivir a su lado, y ella se sintió triste por mí. Y como en una jugada de estrategia, ella echó a correr, y yo la seguí a distancia. Me conducía a un lugar perdido. Yo trotaba a lomos del caballo blanco y alado, volando a dos palmos del cielo y a dos de la tierra. Y en el asta en espiral había una pequeña llama: era la niña blanca que guiaba al caballo a través de la obscuridad. La figurilla diminuta, de porcelana encendida, parecía una gota de fuego. Trotamos largo rato, hasta que por fin el unicornio se detuvo, replegando sus alas para ir a esconderse en uno de los cajones del bosque. La lamparilla de fuego se puso sobre el árbol más anciano y empezó a cantar, invocando algo desconocido. Sentí calor, un calor terrible, y vi, súbitamente, como mi índice derecho empezaba a llamear. El fuego prendía en mí como el sudor o la sangre brotan de la piel. La niña blanca creció. Y ya no era una niña, sino una mujer de fuego, como yo, fulguroso, llameante, como el Sol.

5 de junio de 2012

El sueño de la niña blanca (XI)

En el sueño de la niña blanca hay epitafios y lápidas. No se asusten los lectores.
Las campanas tocaron a muertos y del cielo cayeron coronas sin flores engalanadas lúgubremente con cintas moradas. Entre colmena y colmena aparecieron unas lápidas con inscripciones idénticas. Leí la más cercana: mi nombre estaba escrito en ella, en todas ellas. Me atormentaban, y aunque quería morir, nadie acababa con mi vida.

29 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (X)

El sueño de la niña blanca habla sobre abejas, tañidos, barrotes, apagones…
Todo era caos, un apagón de la vida, que parecía entonces no haber existido nunca. Y mis barrotes de brisa seguían intactos. Y las amapolas enteras. Y la niña blanca no respondía a mis gritos de dolor. Todo alrededor se desvanecía perdiendo su orden, pero aquella escena, mi cuadro al óleo, seguía intacto, entero, no respondía. Era un claro en el bosque angustiado de movimientos sísmicos. Era una fotografía seca en el diluvio atormentado. Era la columna de luz de una linterna en un callejón de negro cielo. Lo que causaba mi dolor, mientras el resto se desvanecía, seguía absurdamente aumentándolo, porque nada variaba. Ni pude tener a la niña blanca, ni la Tierra tuvo su paz. Oí unas campanas distantes, como cascabeles graves, potentes, sonoros, que tomaban cuerpo y se adentraban en mi espacio intacto. Los graves sonidos de estas campanas, rompieron la brisa de los barrotes, como copas de transparencia. Corrí hacia el prado, mas las amapolas se convirtieron en floretes que esgrimía la Tierra contra mí, empujándome lejos de aquel campo de sangre. Las campanas seguían sonando, cerca, cerca, cada vez más cerca de las amapolas, y el acero de sus pétalos se fulminó al instante, y en su lugar apareció la cera de infinitas abejas colmeneras. Llegué hasta la niña blanca. No respiraba. ¿Era posible aquella desgracia? ¡Qué había hecho!

22 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (IX)

sueño, niña blanca, relato, leer, literatura
Yo estaba triste, porque no podía volverme a acercar a la cálida niña blanca. Me quemaba su aura de horno encendido. Mientras ella estuvo fría, pude prender su mano. Ahora permanecía a distancia, tan alejado. ¿Merecía la pena renunciar al tacto suave de la niña blanca a cambio de la paz de la Tierra? Supe que no; la Tierra podría esperar y sobrevivir unos años más. Soplé. Y esparcí mi aliento en la nada, hasta que un pincel invisible dibujó el rocío cayendo del espacio, hasta apagar la última llama del cabello de la niña. Y esta se derrumbó, como un soldado de plomo en una batalla perdida, y la gravedad volvió y la precipitó contra la Tierra. Yo ya estaba allí, encadenado, cuando la vi caer a pocos metros de la jaula en la que yo penaba, en un campo de amapolas. Éstas deseaban hacerse fuego para reanimar a la niña blanca, mas no sabían cómo. El cielo se hundió en azabache. Los mares hacían rugir los surcos de las olas. Los ríos rasgaban las telas con furia. Los volcanes viejos escupían sus monedas como semillas de sufrimiento. Los terremotos abrían vacíos suburbios en los horizontes. Agua y fuego, tierra y viento se entramaban en un obsceno juego de pasión.

15 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VIII)

Este es el relato El sueño de la niña blanca
Ella se acercó a mí. Me cogió de la mano y salí flotando tras su estela. Surcamos un cielo de amanecer durante menos de un segundo, hasta atravesar el Sol como un papel dorado. Jamás la niña blanca volvería a tener frío. Lo entendí enseguida. Ya nada sujetaba mi mano, no había gravedad, y me sentía como un pez en el océano. Vi a la niña blanca envuelta de nuevo en llamas y alegré la vista, y esparcí mi sonrisa como una estrella más en el Universo. Su luz, la luz de sus llamas, dibujaba círculos y líneas curvas, sinuosas, como mil cintas rojas lanzadas hacia arriba, en una explosión de júbilo y placer. Las chispas, encendidas, llegaban a la Tierra, bajo nosotros, y de cada una nacía una rosa: en la arena de las playas, en los charcos de las calles, en los tejados de pizarra, en las altas cordilleras... y la Tierra era un jardín de rosas sin espinas. Nunca volvería la guerra. Nunca volvería el dolor.

11 de mayo de 2012

Nana para unos ojos abiertos

A Júlia

Naciste ayer y dibujas
milagritos con tus ojos
y prodigios comisura.

En el cielo venenoso, 
tu total fragilidad
nos contrapesa con plomo

por encima y por detrás
de una cunita minúscula
y un suspiro en diagonal.

Por la más tibia blancura,
con el knock out de tu gente,
se te escapa por las juntas

un vaivén como de trenes
apretujando los labios
con siglos y atardeceres.

Pequeñina, dinos algo
con esos ojos abiertos,
que te saldrá el sueño al paso
a dormirte entre sus besos.


8 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VII)

Caverna misteriosa que aparece en el relato. Cuentos y literatura.
Cuando se puso a lloviznar una cortina de lentejuelas brillantes, los simios ya no estaban, ni la fuente, ni los balcones, ni las ventanas, ni la plaza, ni la gata. Estaba al borde de un precipicio, de espaldas al vacío infinito, y delante de mis ojos había excavada una gruta en la roca. Caminé hacia el interior. A mi paso se encendían antorchas de fuego y luego, al avanzar más allá de ellas, se desvanecían. Me alumbraban el camino ancho hacia la lobreguez. Las paredes estaban cubiertas de ventanales con cristales de colores, como un claristorio gótico. Estas vidrieras, sin embargo, no dejaban pasar la luz y permanecían apagadas, tétricas, oscuras. Del artesonado pendían murciélagos chillones, burlones, jocosos, como los bufones de un rey medieval. Se oyó un sollozo a mi espalda y los millones de murciélagos volaron como una manta extendida sobre mi cabeza. Era la niña blanca, que lloraba. Ahora no estaba el fuego de siempre a su alrededor, de alguna manera lo había perdido y ahora lloraba del mismo frío. El viento recorría la gruta.

18 de abril de 2012

El megano divífono

El amigo Javier Palencia se ha marcado un blog de esos de rompe y rasga, como las mujeres del cine de los cincuenta, llamado El megano divífono y compuesto, como buena suite, por un montón de buenos poemas de autores consagrados y contemporáneos entre los que ha sido un placer encontrarme.


Poemas del propio Palencia, de Sofía Serra y de Unai Velasco, entre muchos otros, jalonan el discurso lírico de las bestias que fueron Lorca, Vallejo y Tzara, por nombrar sólo tres de la larga lista.

Cuaderno de gritos revolutos con poetas consagrados y contemporáneos


Una lista creciente, abierta y paciente: si consideráis que vuestros poemas pueden pasar la criba, o bien os parece que tal o cual poeta, vivo o muerto, debe tener su lugar en el escaparate minimal de El megano divífno, no dudéis en mandar un telegrama a Javier Palencia (sin avalanchas, por favor), que os atenderá debidamente y os dirá su merecéis un rincón entre tanto blanco.
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