21 de noviembre de 2010

Centenariazo (Elegíaco) de Miguel Hernández



Todavía estamos en el Año Hernandiano (ssssss, que aún no se puede decir Centenario) y quiero que la referencia a Miguel Hernández sea una de las primeras de mi blog. Ya conocéis muchos mi debilidad por el oriolano. Considero que los sonetos de El rayo que no cesa son los mejores sonetos que se han escrito en castellano desde que pasó de largo el siglo de oro de nuestra literatura. 

En la página de la Fundación Miguel Hernándezentre otra mucha información y actividades, podréis encontrar las bases de dos de los más prestigiosos y mejor dotados concursos de poesía que hay en España, uno de ámbito nacional y another one para todo el mundo. Espero que le saquéis provecho a toda la página. Tampoco podéis dejar de hacer la Senda del Poeta si os gusta hacer senderismo. Y muchas más cosas. 

Hace poco publiqué en la revista Más Literatura, publicación que dirige el intachable y siempre ocupado Juan Carlos Boiza, un  soneto pobretón dedicado a Hernández. Pobretón porque no pasó de mediocre, pero que es como un hijo tonto, al que se le quiere incluso más. Los tercetos podrían acaso salvarse de la quema del cura y el barbero en casa de Alonso Quijano, pero el juego que he querido hacer en los cuartetos es mejorable de todas, todas. La rimas en aguda y en los ripiosos -ía, buf!, tal vez debería tirarlo a la papelera. Pero a los hechos, pechos.

Como parte integrante fundamental de estos primeros compases del blog, repletos de declaraciones de intención y montaje de mobiliario, debo profesar, defender y fomentar la autocrítica literaria, antes de que ningún listillo con tres lecturas venga a decirme que es una birria de soneto. Eso ya lo sé yo, pero ¿qué os parece a vosotros? Podéis mandarme comentarios, je, je… Acabo de probarlos y funcionan. Tampoco este soneto estará en Contad si son catorce.

Y mi conversación con Miguel Hernández sería algo como


Si eligió la congoja tras morir,
yo elijo recordarle en mi elegía,
y elijo yo la muerte como vía
si con ella él elige revivir.

Si a mi muerte volvieses a escribir,
mi querido Miguel, me moriría,
y cómo con la muerte lidiaría
por volver a tus versos recibir.

Fue tu entraña por celdas carcomida
y silencio creció a tu silabario
al salir de la cárcel de la vida.

Mi sueño, buen Miguel, tu abecedario
acunado en compás tiranicida
por los senderos de lo extraordinario. 



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