30 de marzo de 2011

Literatura Bastarda



Dicen que los gansos son el paradigma del esfuerzo cooperativo. Que comparten un destino común. Que vuelan en formación de V para minimizar el esfuerzo aspirando las turbulencias de los de delante. Que el coste de ir en punta de la bandada se reparte entre los más fuertes, que se turnan en cabeza. Que la bandada desde atrás le anima y se anima con sus graznidos. Que si un ganso flojea, desmaya o es herido, al menos dos se quedan con él y lo acompañan hasta que está en condiciones de volver a volar o muere.
Quizás todo es mentira, una exageración o una proyección de la mente humana. Pero los gansos vuelan juntos y recorren grandes distancias. Sería más difícil que lo consiguieran cada uno por separado.

Escribir siempre ha tenido la apariencia de ser un acto individual. Lo es, claro. Como el batir de las alas del ganso. Nadie lo puede sustituir en esa tarea. Pero ¿cuál es el aire que sustenta el escritor? El lector al que se dirige, sin duda. Implícito, inherente a cada acto de escritura, hasta el más íntimo. Destino, guía, diana, brújula.
El comentario, la recepción, es la fuerza que sustenta y dirige el vuelo del escritor. No sirve el lector callado, que no habla. Tampoco el lector interior, ese que utilizamos para leernos a nosotros mismos: como el jugador de ajedrez que juega contra sí mismo, sus partidas son irreales, faltas de contrastación, solipsistas.

Quizás no sepamos cómo hacerlo, pero sabemos lo que hay que hacer. Escribimos. Subimos el texto al "Obrador". Alguien lo lee, lo mastica, regurgita un comentario. No es fácil hacerlo. No todo ni lo más importante son las tildes. A veces el que ha leido proclama su incompetencia: no es lector para ese texto. Otras veces la discusión es cerrada, intensa.
El grupo, constituido como lector colectivo, corrige al escritor, pero no lo dirige. La obra literaria es un puente entre conciencias, un puente que construye el que escribe y un puente que re-crea el que lee. La última palabra la tiene el autor, responsable final del puente. Pero sin el comentario provocador del grupo, no sabría qué decir. Sería como aletear en el vacío, sin sustentación.
El autor decide: sostengo la obra, o la guardo, o la rechazo. Es su vuelo individual, su trayectoria individual. El grupo también decide sobre las obras terminadas. Parte de ellas se incorporan al catálogo, al escaparate, a la biblioteca, y son las que, vistas desde lejos, forman la V de nuestro vuelo.


Si buscas buenas lecturas, déjate de cuentos y entra en Literatura Bastarda

   

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