22 de octubre de 2011

El pantano

Vino el agua y la llevó
agarrada de la mano
por un cieno mantecoso
de camino hacia el ocaso. 
Aviente la albahaca, madre,
por que pueda oler sus labios.  

Nadie supo más de aquella
que arrancó un fangal de cuajo
de la entraña percutora 
que bullía en mi sembrado.  
Cierre la puerta, madre, 
del amor a cal y canto. 

Por las noches un clavel 
eclosiona en mi regazo 
y el sueño escupe su insulto
de esperanzas y sargazos. 
Duérmase pronto, madre, 
que su siesta es mi descanso. 

Sé que nunca volverá
la niña que se hizo mármol 
porque mi tiempo fluvial
en su ausencia ha embarrancado.   
No me llore nunca, madre, 
ni me busque en el pantano. 



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