8 de diciembre de 2011

De naufragar no estoy arrepentido

LXXXIII
Tal vez soy el ladrón empedernido
que lima los barrotes de una historia
malvivida en la línea divisoria
que aísla el pundonor del sinsentido.

Quizás mi vocación es el soplido
del cierzo que congela toda gloria
y, a pesar de encallar en Cayo Euforia,
de naufragar no estoy arrepentido.

La estúpida añagaza del destino
no es más que una verdad que me encañona
forzándome a apartarme del camino

que lleva a la diabólica encerrona
tendida a mi razón por lo divino,
tendida por la nada a mi persona.


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