31 de diciembre de 2011

La palanca del exceso

LXXXVI
Cual Casandra, privada de cordura 
y credibilidad de sus vecinos, 
reconozco al prestigio en mis caminos 
hablar con la dicción de la locura. 

Me dice de las honras la hermosura, 
que el aplauso, el mayor de los destinos 
en su lengua de brillos damasquinos, 
verterá su delicia en mi escritura. 

Mas recordé que la fama es un yermo 
y la gloria una ausencia y un sepulcro, 
que el éxito nos vende con un beso. 

Sólo viste laureles el enfermo 
que intenta la creación, en frágil fulcro, 
mover con la palanca del exceso.


17 de diciembre de 2011

Un himno para Kübler-Ross

En esta turbia torva en que te encuentro
atrincherado, un ángel se ha acercado
a contarte monsergas. 
                 No es alado
pero se arrastra.
                                   Tampoco es el centro

de gravedad del siglo. 
                                          Vive dentro
de la manzana/pera del senado
y sabe dar la talla de un ahorcado
erecto y dócil al tiempo. 
                                             Epicentro

de la insatisfacción y el priapismo, 
es la rabia, es un NUNCA, es el abismo
donde el ¿por qué? se suicida.
                                                        Mañana

puede ser que no exista un nuevo día
o puede ser también que la jauría
acepte darte besos de fulana.

(Presentado sin éxito al XXIX Concurso de poesía de Bubok)

13 de diciembre de 2011

La cima escarpada del aliento

LXXXV
A cada instante un nuevo dios invento 
que me recuerde que sólo el azar 
es el mar en que se hunde el propio mar 
y que no hay más fracaso que el intento 

de ponerle barreras al tormento 
cuya causa y efecto es avatar 
del triunfo que no acaba de cuajar 
en la cima escarpada del aliento. 

La vida descerraja sus excesos,
mas yo hago malabares con las lunas 
y esquivo los diarios de sucesos. 

No me atoran malogros ni fortunas, 
pues labios que argumentan con sus besos 
acallan las palabras importunas.


11 de diciembre de 2011

Donde se halla cada piedra

LXXXIV
Como Grenouille, soy yo la garrapata
que se aferra al letargo de la estepa,
que escuetamente ignora a quien discrepa
y engorda el devenir que no la mata.

Mi fuerza no es la voz ni la bravata,
pues nunca la palabra, que se sepa,
fluyó de esta corteza en mala cepa
cuando era necesario hablar en plata.

Es dentro, donde se halla cada piedra,
el hogar de la garra y el aliento
por casar a mi fuero alguna medra.

Y aguardo en el silencio que alimento,
dormido en el sosiego de la hiedra,
los tiempos del asombro y el portento.

8 de diciembre de 2011

De naufragar no estoy arrepentido

LXXXIII
Tal vez soy el ladrón empedernido
que lima los barrotes de una historia
malvivida en la línea divisoria
que aísla el pundonor del sinsentido.

Quizás mi vocación es el soplido
del cierzo que congela toda gloria
y, a pesar de encallar en Cayo Euforia,
de naufragar no estoy arrepentido.

La estúpida añagaza del destino
no es más que una verdad que me encañona
forzándome a apartarme del camino

que lleva a la diabólica encerrona
tendida a mi razón por lo divino,
tendida por la nada a mi persona.


5 de diciembre de 2011

Códice sesenta

LXXXII
Mi pena está en el códice sesenta.
No es pena que sea grande por ingente,
más grande es por ser vieja y persistente:
perenne, biológica, violenta.

Es pena del acoso de una tienta
que añora la garrocha trascendente
de un tiempo que doblegue al impaciente
y aclare el cabalgar de la tormenta.

Antigua es esa voz de cien mil años
que avala que no cunden los redaños
en ese que ahora soy, y hubiera sido

otrora más valiente y más ufano
si aquel que iluminó tuviese mano
mi vida con fatal renglón torcido.

3 de diciembre de 2011

Miraré a la Tierra

No miraré al cielo para escribir este poema. 
Miraré a la tierra. 
Para escribir miraré al niño
con la cara sucia y agujeros en los calcetines. 
No miraré al cielo. 
Porque ese niño no está allí. 
Miraré a la tierra, 
allí donde no reverberen reflejos del cielo, 
y me encontraré con una tarea interminable
a la que sólo puedo contribuir con este poema insignificante. 
La tierra necesita de todos sus granos. 
No hay que mirar al cielo
para hacerse una idea cierta de la soledad
que se cierne sobre una multitud ausente, 
para saber que la tierra tiende siempre a la sequía, 
y para comprender que las gargantas saciadas
tienden a olvidar.
No miraré al cielo para escribir. 
Me miraré una vez más a mí mismo con los pies descalzos
—yo también tuve agujeros en los calcetines—
y me veré una vez más pequeño y poeta, 
incapaz de otra pugna y triste por ello, 
por no levantar la voz,
o por hacerlo sólo a medias, 
triste por la cobardía tenaza y tangible, 
por la parálisis ante todo 
instrumento que funcione sin tinta. 
Miraré a la tierra y escribiré hasta volver a ella, 
y ni siquiera entonces
miraré al cielo. 
Miraré a la tierra. 

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