19 de junio de 2012

El sueño de la niña blanca (XIII)

El sueño de la niña blanca se termina. Gracias a todos los lectores.
Éramos dos Soles, dos nuevas estrellas en la infinidad del Universo. No había lugar para la tristeza. Y por fin pude coger su mano. Y empezamos a correr por el mapa celeste, como dos delfines enamorados, como dos estrellas fugaces, en una carrera eterna, en una carrera que aún no ha terminado.

FIN

12 de junio de 2012

El sueño de la niña blanca (XII)

En el sueño de la niña blanca parece estar por igual en el infierno que en el ártico
De donde caían las coronas funestas, vino una túnica blanca que cubrió mi cuerpo desnudo. Anduve entre los sarcófagos abiertos, en espera de mi reposo, hasta un manantial que inversamente absorbía el agua hacia el interior de una roca plana. Sobre ésta, reposaba la niña blanca, con las manos en cruz sobre el pecho. El vestido blanco que llevaba puesto se confundía con su rostro. La corona de flores blancas contrastaba con su pelo negro. El riachuelo ascendía por la pendiente y saltaba hacia la oquedad de la roca. Comprendí que aquella fuente resucitaría a la niña blanca. La fuente que bebía el agua, también bebería mi aliento húmedo, que había asesinado a la niña detrás del Sol. Y así fue: la niña se secó, y el fuego volvió a brotar en uno de sus dedos, en sus ojos, en su pecho, en sus rodillas. Pero yo volvía a estar triste, porque ella estaba sobre la roca y yo estaba en el suelo. Y no podía subir, frustrado como un niño. Ella también me miró, esta vez con la tristeza del cierzo y del hielo. Darle la vida era no vivir a su lado, y ella se sintió triste por mí. Y como en una jugada de estrategia, ella echó a correr, y yo la seguí a distancia. Me conducía a un lugar perdido. Yo trotaba a lomos del caballo blanco y alado, volando a dos palmos del cielo y a dos de la tierra. Y en el asta en espiral había una pequeña llama: era la niña blanca que guiaba al caballo a través de la obscuridad. La figurilla diminuta, de porcelana encendida, parecía una gota de fuego. Trotamos largo rato, hasta que por fin el unicornio se detuvo, replegando sus alas para ir a esconderse en uno de los cajones del bosque. La lamparilla de fuego se puso sobre el árbol más anciano y empezó a cantar, invocando algo desconocido. Sentí calor, un calor terrible, y vi, súbitamente, como mi índice derecho empezaba a llamear. El fuego prendía en mí como el sudor o la sangre brotan de la piel. La niña blanca creció. Y ya no era una niña, sino una mujer de fuego, como yo, fulguroso, llameante, como el Sol.

5 de junio de 2012

El sueño de la niña blanca (XI)

En el sueño de la niña blanca hay epitafios y lápidas. No se asusten los lectores.
Las campanas tocaron a muertos y del cielo cayeron coronas sin flores engalanadas lúgubremente con cintas moradas. Entre colmena y colmena aparecieron unas lápidas con inscripciones idénticas. Leí la más cercana: mi nombre estaba escrito en ella, en todas ellas. Me atormentaban, y aunque quería morir, nadie acababa con mi vida.

29 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (X)

El sueño de la niña blanca habla sobre abejas, tañidos, barrotes, apagones…
Todo era caos, un apagón de la vida, que parecía entonces no haber existido nunca. Y mis barrotes de brisa seguían intactos. Y las amapolas enteras. Y la niña blanca no respondía a mis gritos de dolor. Todo alrededor se desvanecía perdiendo su orden, pero aquella escena, mi cuadro al óleo, seguía intacto, entero, no respondía. Era un claro en el bosque angustiado de movimientos sísmicos. Era una fotografía seca en el diluvio atormentado. Era la columna de luz de una linterna en un callejón de negro cielo. Lo que causaba mi dolor, mientras el resto se desvanecía, seguía absurdamente aumentándolo, porque nada variaba. Ni pude tener a la niña blanca, ni la Tierra tuvo su paz. Oí unas campanas distantes, como cascabeles graves, potentes, sonoros, que tomaban cuerpo y se adentraban en mi espacio intacto. Los graves sonidos de estas campanas, rompieron la brisa de los barrotes, como copas de transparencia. Corrí hacia el prado, mas las amapolas se convirtieron en floretes que esgrimía la Tierra contra mí, empujándome lejos de aquel campo de sangre. Las campanas seguían sonando, cerca, cerca, cada vez más cerca de las amapolas, y el acero de sus pétalos se fulminó al instante, y en su lugar apareció la cera de infinitas abejas colmeneras. Llegué hasta la niña blanca. No respiraba. ¿Era posible aquella desgracia? ¡Qué había hecho!

22 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (IX)

sueño, niña blanca, relato, leer, literatura
Yo estaba triste, porque no podía volverme a acercar a la cálida niña blanca. Me quemaba su aura de horno encendido. Mientras ella estuvo fría, pude prender su mano. Ahora permanecía a distancia, tan alejado. ¿Merecía la pena renunciar al tacto suave de la niña blanca a cambio de la paz de la Tierra? Supe que no; la Tierra podría esperar y sobrevivir unos años más. Soplé. Y esparcí mi aliento en la nada, hasta que un pincel invisible dibujó el rocío cayendo del espacio, hasta apagar la última llama del cabello de la niña. Y esta se derrumbó, como un soldado de plomo en una batalla perdida, y la gravedad volvió y la precipitó contra la Tierra. Yo ya estaba allí, encadenado, cuando la vi caer a pocos metros de la jaula en la que yo penaba, en un campo de amapolas. Éstas deseaban hacerse fuego para reanimar a la niña blanca, mas no sabían cómo. El cielo se hundió en azabache. Los mares hacían rugir los surcos de las olas. Los ríos rasgaban las telas con furia. Los volcanes viejos escupían sus monedas como semillas de sufrimiento. Los terremotos abrían vacíos suburbios en los horizontes. Agua y fuego, tierra y viento se entramaban en un obsceno juego de pasión.

15 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VIII)

Este es el relato El sueño de la niña blanca
Ella se acercó a mí. Me cogió de la mano y salí flotando tras su estela. Surcamos un cielo de amanecer durante menos de un segundo, hasta atravesar el Sol como un papel dorado. Jamás la niña blanca volvería a tener frío. Lo entendí enseguida. Ya nada sujetaba mi mano, no había gravedad, y me sentía como un pez en el océano. Vi a la niña blanca envuelta de nuevo en llamas y alegré la vista, y esparcí mi sonrisa como una estrella más en el Universo. Su luz, la luz de sus llamas, dibujaba círculos y líneas curvas, sinuosas, como mil cintas rojas lanzadas hacia arriba, en una explosión de júbilo y placer. Las chispas, encendidas, llegaban a la Tierra, bajo nosotros, y de cada una nacía una rosa: en la arena de las playas, en los charcos de las calles, en los tejados de pizarra, en las altas cordilleras... y la Tierra era un jardín de rosas sin espinas. Nunca volvería la guerra. Nunca volvería el dolor.

11 de mayo de 2012

Nana para unos ojos abiertos

A Júlia

Naciste ayer y dibujas
milagritos con tus ojos
y prodigios comisura.

En el cielo venenoso, 
tu total fragilidad
nos contrapesa con plomo

por encima y por detrás
de una cunita minúscula
y un suspiro en diagonal.

Por la más tibia blancura,
con el knock out de tu gente,
se te escapa por las juntas

un vaivén como de trenes
apretujando los labios
con siglos y atardeceres.

Pequeñina, dinos algo
con esos ojos abiertos,
que te saldrá el sueño al paso
a dormirte entre sus besos.


8 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VII)

Caverna misteriosa que aparece en el relato. Cuentos y literatura.
Cuando se puso a lloviznar una cortina de lentejuelas brillantes, los simios ya no estaban, ni la fuente, ni los balcones, ni las ventanas, ni la plaza, ni la gata. Estaba al borde de un precipicio, de espaldas al vacío infinito, y delante de mis ojos había excavada una gruta en la roca. Caminé hacia el interior. A mi paso se encendían antorchas de fuego y luego, al avanzar más allá de ellas, se desvanecían. Me alumbraban el camino ancho hacia la lobreguez. Las paredes estaban cubiertas de ventanales con cristales de colores, como un claristorio gótico. Estas vidrieras, sin embargo, no dejaban pasar la luz y permanecían apagadas, tétricas, oscuras. Del artesonado pendían murciélagos chillones, burlones, jocosos, como los bufones de un rey medieval. Se oyó un sollozo a mi espalda y los millones de murciélagos volaron como una manta extendida sobre mi cabeza. Era la niña blanca, que lloraba. Ahora no estaba el fuego de siempre a su alrededor, de alguna manera lo había perdido y ahora lloraba del mismo frío. El viento recorría la gruta.

18 de abril de 2012

El megano divífono

El amigo Javier Palencia se ha marcado un blog de esos de rompe y rasga, como las mujeres del cine de los cincuenta, llamado El megano divífono y compuesto, como buena suite, por un montón de buenos poemas de autores consagrados y contemporáneos entre los que ha sido un placer encontrarme.


Poemas del propio Palencia, de Sofía Serra y de Unai Velasco, entre muchos otros, jalonan el discurso lírico de las bestias que fueron Lorca, Vallejo y Tzara, por nombrar sólo tres de la larga lista.

Cuaderno de gritos revolutos con poetas consagrados y contemporáneos


Una lista creciente, abierta y paciente: si consideráis que vuestros poemas pueden pasar la criba, o bien os parece que tal o cual poeta, vivo o muerto, debe tener su lugar en el escaparate minimal de El megano divífno, no dudéis en mandar un telegrama a Javier Palencia (sin avalanchas, por favor), que os atenderá debidamente y os dirá su merecéis un rincón entre tanto blanco.

15 de abril de 2012

El sueño de la niña blanca (VI)

Llegamos a una placeta. En la fuente situada en el centro estaba la niña blanca. De los surtidores, salían llamas rojas, hacia los cuatro puntos cardinales. Ella daba vueltas a la fuente, atravesando las llamaradas. Yo corrí por no perderla de vista otra vez, pero los simios de los balcones saltaron y me agarraron sin permitirme hacer ni un solo movimiento. La niña desapareció.

12 de abril de 2012

Vergüenzas violando ojos

Te roba más tu boca besos
que turbaciones y sonrojos
pues vergüenzas violando ojos
son roces fracturando huesos. 

Los tullidos se creen ilesos
al sacarse de los rastrojos
cual recios que nacieron flojos 
y pobres que murieron cresos. 

La trompeta fundió castillos
de monarcas en calzoncillos
apáticos en sus pesebres. 

Nadie es nada si todo es algo
y puede la tortuga al galgo
vencer como a todas las liebres. 


9 de abril de 2012

César Vallejo: Trilce, XXIV

   Al borde de un sepulcro florecido
transcurren dos marías llorando,
llorando a mares.

   El ñandú desplumado del recuerdo
alarga su postrera pluma,
y con ella la mano negativa de Pedro
graba en un domingo de ramos
resonancias de exequias y de piedras.

   Del borde de un sepulcro removido
se alejan dos marías cantando.

   Lunes.

6 de abril de 2012

La aguja

Con un bisturí noctámbulo 
me he abierto en canal a mí mismo. 

Además de varias toneladas de paja, 
entre coágulos de literatura y demás vísceras, 
he encontrado la aguja. 

La aguja es fina pero contundente
en todos sus pinchazos. 

Es frágil pero manejable
en el esgrima de cada día. 

La aguja parafrasea sin descanso
vómitos y versos de Bukowski, 
gruñendo su filo en la carne
como quien se abalanza. 

Considera una suerte atravesar sin esfuerzo
el papel cuché y las escaletas
de todos los telediarios. 

Vive la hora como el año, 
el año como el universo, 
el universo como el alma. 

Es, en definitiva, una aguja 
esquelética que está engordando. 

Tiene ansias de cincel
(de bisturí noctámbulo). 

Es mosaico, caleidoscopio y puzzle. 

Flexible, plasmática y etérea. 

La aguja es un reinvento de sí misma
que sabrá volverse a perder entre la paja
cuando se encorven mis días 
y termine de coserme en canal. 

3 de abril de 2012

Ruinas de rompeolas

En el rumor de las olas
se rompen todos los besos
y aúllan las caraolas. 

Una galera sin huesos
ha intentado regresar
al circo de los obesos

por el camino del mar
que lleva a ninguna parte
cuando toca naufragar. 

A barlovento estandarte, 
cien idiotas en la cofa
jugando al juego de Marte

con todos los de su estofa. 
Navega la carabela
del silencio y de la mofa. 

Suicida de pasarela, 
me fugué entre bataholas
de aguadillas de mistela
y ruinas de rompeolas. 

(Segundo en el XXXV Concurso de Poesía de Bubok, con tema marítimo)

1 de abril de 2012

El sueño de la niña blanca (V)

El río se estrechaba para pasar por el cuello de un famélico reloj de arena. Escarbé el limo suave, en busca de aire que aspirar, hasta romper el constante y pulcro jarrón del reloj-prisión. Al salir de él me senté sobre una roca negra, pisando un suelo totalmente blanco. De repente, sonó un piano. Miré hacia atrás y avisté unas grandes manos que se aproximaban presionando las teclas, en una de las cuales yo estaba sentado. A mi lado había una gata persa blanca, inmóvil. No podía moverse. Yo la cogí en mis brazos y eché a correr hasta el final del teclado del que, de un gran salto, conseguí huir con la gata a cuestas. Estaba de nuevo en la ciudad desconocida, en una de tantas calles aturdidas, cuando la gata recobró el movimiento, cayó de mis brazos y anduvo, elegante, delante de mí. Yo, con cierta inercia, la seguía de cerca... En las ventanas y balcones, cientos de simios lanzaban imprecaciones e insultos a mi paso, como a un Cristo de camino a la pasión. Pero yo no les escuchaba. Mis oídos seguían el pisar de la gata de terciopelo y el latido de mi propio corazón.

28 de marzo de 2012

Contad si son catorce

C
Contad si son catorce las tristezas 
lavando por las calles de la aurora 
el vicio que en virtud se decolora 
y la rabia turbada de bellezas. 

Contad si son catorce mis flaquezas 
que el tiempo en las galeras no mejora 
y escupen su verdad en mala hora 
a un ojo en carne viva de torpezas. 

Contad si son catorce las mentiras 
que conté en los puñados de mis versos 
y rompí en el cristal con que me miras. 

Contad si son catorce los perversos 
pensamientos que ardieron en las piras 
donde nacen discretos universos. 


22 de marzo de 2012

El sueño de la niña blanca (IV)

Subí a uno de esos troncos empapados, tras nadar en el agua esta vez cálida, y los anfibios de los troncos vecinos se mofaban de mi desnudez, pero yo no tenía vergüenza. Llegando a la desembocadura, algo no tuvo sentido, ya que no era un mar el que absorbía el agua, sino un desierto infinito. Entonces advertí que el río en el que navegaba no era de cristal, sino de arena, de polvo amarillo, de medias lunas nómadas que viajan incansables rompiendo los esquemas del tiempo y la distancia. Era de playa sin mar, sin olas, sin espuma, bajo un sol inconcreto, extraviado, sin rumbo firme y sin un horizonte en el que ponerse.

19 de marzo de 2012

La piedra que canta en los Avernos

XCIX
En tres por cuatro la vida me danza 
y la risa se burla en su minueto 
si no logro pulir ningún cuarteto 
que cincele mi lírica añoranza.

En tres por dos la muerte que me alcanza 
recita su balada y su decreto 
si no logro pulsar en mi soneto 
los biseles que arromen mi templanza. 

En si bemol menor mi sonatina 
desciende al más febril de los infiernos 
inquiriendo un rondó que se termina. 

Ad libitum se esculpen los más tiernos 
silencios, sin batuta ni escofina, 
en la piedra que canta en los Avernos. 


16 de marzo de 2012

De mi cenit tu nadir

Colmado de este amor en minoría,
midiendo en siglos hambre a mis tormentos,
me hastío de arrastrar mis pensamientos
en pos de esta espectral algarabía.

Tu afecto es la preciada mercancía
en que halla mi sudor sus alimentos,
dejando a mi razón sin argumentos
y dando a mi idiotez sabiduría.

Sombría ociosidad todo me envuelve
si el críptico acertijo se resuelve
en soplos de pasión desangelada.

No sé que rostro ostenta el porvenir 
cuando hago de mi cenit tu nadir
en la esfera infecunda de la nada.

(Presentado al XXXIV concurso bubok de poesía, sin éxito alguno. El tema era el amor. Igual no había amor en mis palabras, como en Rosa de Jericó no había erotismo)

14 de marzo de 2012

Sembrando Social Media, mi nuevo blog

No es este el mejor lugar para promocionar mi nuevo blog en Tumblr, porque no tiene nada que ver con la Literatura, o al menos no directamente. Sin embargo, me veo obligado a compartirlo también con vosotros, que estáis ahí cada vez que salta un soneto a la red.



En este blog que hace ya algunas semanas que llevo en marcha, hablo de los Medios Sociales, de las redes, de internet, de novedades que surgen, herramientas online que pruebo, cosas que pasan, conceptos remasterizados que nos trae la red…

Espero que los que estéis interesados en estos temas del 2.0 le echéis un vistazo de cuando en cuando.

12 de marzo de 2012

El rescoldo de mi pira

XCVIII
Vuelve a ser mi semblante el que me mira.
Adivino en el cielo cada infierno 
si mis huellas regresan del Averno 
a avalar con candor cada mentira. 

Hoy es mi desnudez la que se estira 
para ver de alejarse del invierno, 
sin pensar que la muerte sopla el cuerno 
que protege el rescoldo de mi pira. 

No osará despertarme cada nube 
que en contactos de amor no se diluya 
y se siembre en favor de mis semillas, 

pues el tiempo es mayor si más se sube 
el alma fascinada que chamulla 
engarzar a su cima maravillas. 

8 de marzo de 2012

El sueño de la niña blanca (III)

El bosque era extraño, y los árboles no eran árboles, sino inmensas mesas y sillas verdes, como mesetas disueltas en el llano. Trepé por uno de los cuatro tallos de uno de aquellos pupitres colosales y llegué a un solar de hojas tiernas, secas, verdes, pálidas, pero todas tan consistentes que no me permitían pisar en falso. Mi eterna e ineludible curiosidad me empujó hasta el borde de la tabla vegetal. Cerré los ojos y salté al vacío negro. Caí... y al caer veía miles de palomas blancas, una detrás de otra que, como serpentinas, brotaban de las paredes de aquel pozo de oscuridad. Recibí un leve golpe, al descender sobre un montón de heno, en el fondo, como una hoja al viento. Todo allí era gris. Empecé a andar entre muros sin salida, sin vanos, hechos de ladrillos grises, con tierra gris y techo gris, girando en esquinas grises y vacilando en encrucijadas grises. Era un laberinto. Jamás hubiera encontrado una salida, pero la luz incandescente de una hoguera me guiaba. Buscando el resplandor, llegué por fin a una sala, y en el centro estaba la niña blanca, descalza sobre una bandeja de fuego. Empezó a elevarse y atravesó el techo. Yo corrí, y empecé a flotar, y la seguía, y la seguía, aunque al poco me quedé atrás y la perdía de vista. Permanecí mirando al cielo, a las estrellas: todas parecían reírse de mí, pero yo, en el sueño, no lo comprendía y seguía mirándolas, absorto, pensativo. Escuché cerca un murmullo, como el transcurrir del tiempo. Sí, era un río que se abría a mis pies entre juncos espigados. Pasaban troncos flotando, con tritones y salamandras, y los nenúfares, disfrazados de ancianas, bailaban a la luz clara de la luna llena.

3 de marzo de 2012

Las tristezas de los míos

XCVII
No puedo recordar cómo he logrado 
asumir las tristezas de los míos, 
las penurias que helaron los estíos, 
las calumnias complejas del pasado. 

Ahora sé que mi amor hubiera dado 
más amor si el mayor de los navíos 
hubiera salpicado más bajíos 
con restos de lo mucho naufragado.

Volverá más dolor para mi gente, 
ya vendrán las secuelas del presente 
a taparnos las bocas un segundo, 

pues no podrá el albur apabullante 
afanarle sonrisa al caminante 
que arrecia su delicia por el mundo.


29 de febrero de 2012

Si pudiera nacer

XCVI
Si pudiera nacer otra mañana 
elegiría alzarme en testaferro 
de todos los arrestos que de hierro 
quisieran deslizarse en mi ventana. 

Si pudiera nacer de esta inhumana 
existencia y bajarme de este cerro
sabría desasirme de mi yerro 
y volver a ser yo sin mi desgana. 

Sabría preservarme de la guerra 
que libran hoy por hoy en esta tierra 
cada dios, cada líder, cada hermano. 

Sabría descuidar mis desatinos 
y no jugar mis cartas a los chinos 
ni soñar con un mundo más humano. 

25 de febrero de 2012

Fado del Galeote




Condenado. Vencido junto al remo, 
expláyase el galeote, almidonado
en un cuello sin voz, rezando un fado
que busca despertar a Polifemo.

No me ocultan los vómitos del cielo
la espesura de grillos que me alcanza.
Ahí está la vergüenza que nos danza,
vertiendo pubertad en su pañuelo.

La cofa libertaria busca escollos
y tiende a traficar con las sirenas
que sueñan con jugar a ser ballenas
penetrando, esponjosas, los arroyos.

Vendré a purificar siempre mis naves
en brasas-subterfugio (mal agüero)
donde tiemble el riñón del mundo entero
y forje Satanás sus propias llaves.



21 de febrero de 2012

El sueño de la niña blanca (II)

Por un agujero entre la rocas cálidas contemplé una escena especial. Una niña blanca andaba descalza sobre las ascuas de la tierra, describiendo círculos, encendiendo llamas azules, de azufre, en cada huella que abandonaba detrás. Se iba acercando al lugar desde donde yo miraba como por una cerradura y tuve miedo de romper su danza. Algo me cogió por los hombros y me elevó hasta una nube grisazul de atardecer. Veía la silueta de los montes en el horizonte. Subía y bajaba, desde aquellas nubes a las copas de los pinos, atado a un hilo vibrante. De repente me solté y caí a un lago. El espejo gélido se rompió con mi cuerpo. Todo a mí alrededor era hielo, nieve o vapor, el vapor de algo que se encrudece con el ambiente. Me quité los pesados grilletes de ropa que tenía pegados al cuerpo y, desnudo, intenté llegar hasta la orilla. Sobre la nieve, el frío era más intenso. El dolor no me permitía sentir alegría, pero tampoco sentía tristeza.

17 de febrero de 2012

El desierto que guardo en la despensa

XCV
Nunca fui mayorista en el mercado, 
ni hablé como rector de municipios, 
mas pongo a cada verbo participios 
que amparen al versículo estampado. 

De tanto cavilar se me ha extraviado 
la cuenta de finales y principios,
del coito de los versos y los ripios 
sólo queda un cuaderno mal grapado. 

Como al linotipista, di mi letra
al desierto que guardo en la despensa, 
y a la noche, con lágrimas de tinta. 

Mi tiempo de impresor se cronometra 
cuando llora la Musa de mi prensa 
y el soneto nefando me repinta.

13 de febrero de 2012

En equilibrio

XCIV
Como en otoño quedan los alisos 
inestable ha de quedar mi pensamiento, 
inútil, aburrido y macilento, 
gangrenado por malvas y narcisos. 

¿Qué será de mis actos indecisos?
¿Qué sentiré con mi sentido hambriento?
¿No seré el destructor que sobre el viento 
cabalga junto a Apolo y Dionisos?

En equilibrio estoy porque deseo 
tensar mi cable de funambulista 
con el inútil tensor de mis manos. 

En equilibrio estoy y si me apeo 
de mi labor de amanuense alquimista,
seguirán engordando mis enanos.


9 de febrero de 2012

El Sueño de la niña blanca (I)

Estaba en la calle de una ciudad que no conocía. Iba dentro de un coche que nadie conducía, como si fuese un ser vivo, como si fuese un árbol o una célula. Todo pasaba rápido, despacio, continuamente a intervalos... Las luces de las farolas y los semáforos parecían aureolas de santos y de mártires, al verlas a través del frío empañado. El asfalto estaba húmedo, como las aceras y los jardines, tan húmedos que los charcos parecían mares congelados, todo de hielo, incluso los tramos más secos. A veces oía algunos requiebros absurdos e irónicos, pero no sabía a quien se los dirigían las sombras que lloraban por las calles, por las aceras, en las plazas. Entonces me di cuenta de que el coche no era tal: ahora era un caballo blanco con alas en las grupas y un asta en la frente. Volaba a dos palmos del cielo y a dos palmos del suelo, a través de la bruma, hasta que las gotas de aguanieve empezaron a calar la seda del animal legendario. Sus crines se perdían en mechones sucios. Su magia se desvaneció y dejó de volar, como si la lluvia hubiese aplastado sus alas. Su cuerno espiral se convirtió en hiedra que crecía con rapidez. Pronto las raíces se aferraron al barro del asfalto, y el caballo fue absorbido, y yo con él, hasta un lugar extraño. Cualquiera diría que aquello eran los infiernos. Era una visión lejana, como en un cine inmenso, entre la humareda de tabaco y el sopor de los asistentes a la sala.


5 de febrero de 2012

Rosa de Jericó

Aprehéndeme. Es mi aroma la salmuera 
fetiche de la más tierna agonía, 
la fragancia de agreste montería 
en que soy y eres víctima y montera. 

Advierte que al pasar por la gatera
me explayo y me resurjo como el día 
al filo del rocío de apatía 
que me unta en espesura y primavera.

Te ofrezco mi rosa de Jericó.
No pidas que retoñe en el secano 
quién nunca consintió ser flor y nata. 

Esta rosa verás que es tú y es yo 
si la escurre el invierno pretoriano 
y la engorda el solaz que no la mata. 

Presentado al XXXII concurso Bubok, poesía erótica, sin demasiado éxito. Tal vez me faltó algo de erotismo : ) 

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