14 de enero de 2012

No hubo estrellas en mi natividad

LXXXIX
No hubo estrellas en mi natividad 
conjuntadas en bíblicos secretos, 
pues soy el rey de tuertos y discretos 
que pronto olvidará la humanidad. 

¿Dónde están mi pasión y voluntad? 
Tal vez entre mis hijos y mis nietos 
se atrevan a escribir esos sonetos 
que yo no supe hurtarme en soledad. 

Mi pena se acrecienta en la esperanza 
de ser la cenicienta en su mudanza 
de triste lavandera a triunfadora. 

Qué idiota es cada triunfo mutilado 
revuelto hacia este padre malcriado 
que aún sueña renacer en mala hora. 

2 comentarios:

Charo Reyes dijo...

Si es que no somos nadie... Sin embargo, siempre he pensado que en la vida de la Cenicienta fue más interesante (muchísimo más, dónde va a parar)el devenir de los acontecimientos anteriores al baile en palacio.
Un saludo.

Raúl Campos dijo...

Es posible que el camino para alcanzarlo sea más gratificante que el objetivo, pero sólo cuando alcanzas el objetivo. A mí los finales tristes no me gustan, aunque los felices, felices, felices tampoco.

Un saludo.

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