9 de febrero de 2012

El Sueño de la niña blanca (I)

Estaba en la calle de una ciudad que no conocía. Iba dentro de un coche que nadie conducía, como si fuese un ser vivo, como si fuese un árbol o una célula. Todo pasaba rápido, despacio, continuamente a intervalos... Las luces de las farolas y los semáforos parecían aureolas de santos y de mártires, al verlas a través del frío empañado. El asfalto estaba húmedo, como las aceras y los jardines, tan húmedos que los charcos parecían mares congelados, todo de hielo, incluso los tramos más secos. A veces oía algunos requiebros absurdos e irónicos, pero no sabía a quien se los dirigían las sombras que lloraban por las calles, por las aceras, en las plazas. Entonces me di cuenta de que el coche no era tal: ahora era un caballo blanco con alas en las grupas y un asta en la frente. Volaba a dos palmos del cielo y a dos palmos del suelo, a través de la bruma, hasta que las gotas de aguanieve empezaron a calar la seda del animal legendario. Sus crines se perdían en mechones sucios. Su magia se desvaneció y dejó de volar, como si la lluvia hubiese aplastado sus alas. Su cuerno espiral se convirtió en hiedra que crecía con rapidez. Pronto las raíces se aferraron al barro del asfalto, y el caballo fue absorbido, y yo con él, hasta un lugar extraño. Cualquiera diría que aquello eran los infiernos. Era una visión lejana, como en un cine inmenso, entre la humareda de tabaco y el sopor de los asistentes a la sala.


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