21 de febrero de 2012

El sueño de la niña blanca (II)

Por un agujero entre la rocas cálidas contemplé una escena especial. Una niña blanca andaba descalza sobre las ascuas de la tierra, describiendo círculos, encendiendo llamas azules, de azufre, en cada huella que abandonaba detrás. Se iba acercando al lugar desde donde yo miraba como por una cerradura y tuve miedo de romper su danza. Algo me cogió por los hombros y me elevó hasta una nube grisazul de atardecer. Veía la silueta de los montes en el horizonte. Subía y bajaba, desde aquellas nubes a las copas de los pinos, atado a un hilo vibrante. De repente me solté y caí a un lago. El espejo gélido se rompió con mi cuerpo. Todo a mí alrededor era hielo, nieve o vapor, el vapor de algo que se encrudece con el ambiente. Me quité los pesados grilletes de ropa que tenía pegados al cuerpo y, desnudo, intenté llegar hasta la orilla. Sobre la nieve, el frío era más intenso. El dolor no me permitía sentir alegría, pero tampoco sentía tristeza.

2 comentarios:

S.M. dijo...

Sencillo y a la vez críptico, bonito.

Raúl Campos dijo...

Gracias, S. M., digamos que le tengo cariño, aunque sé que no es el no va más. : )

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