8 de marzo de 2012

El sueño de la niña blanca (III)

El bosque era extraño, y los árboles no eran árboles, sino inmensas mesas y sillas verdes, como mesetas disueltas en el llano. Trepé por uno de los cuatro tallos de uno de aquellos pupitres colosales y llegué a un solar de hojas tiernas, secas, verdes, pálidas, pero todas tan consistentes que no me permitían pisar en falso. Mi eterna e ineludible curiosidad me empujó hasta el borde de la tabla vegetal. Cerré los ojos y salté al vacío negro. Caí... y al caer veía miles de palomas blancas, una detrás de otra que, como serpentinas, brotaban de las paredes de aquel pozo de oscuridad. Recibí un leve golpe, al descender sobre un montón de heno, en el fondo, como una hoja al viento. Todo allí era gris. Empecé a andar entre muros sin salida, sin vanos, hechos de ladrillos grises, con tierra gris y techo gris, girando en esquinas grises y vacilando en encrucijadas grises. Era un laberinto. Jamás hubiera encontrado una salida, pero la luz incandescente de una hoguera me guiaba. Buscando el resplandor, llegué por fin a una sala, y en el centro estaba la niña blanca, descalza sobre una bandeja de fuego. Empezó a elevarse y atravesó el techo. Yo corrí, y empecé a flotar, y la seguía, y la seguía, aunque al poco me quedé atrás y la perdía de vista. Permanecí mirando al cielo, a las estrellas: todas parecían reírse de mí, pero yo, en el sueño, no lo comprendía y seguía mirándolas, absorto, pensativo. Escuché cerca un murmullo, como el transcurrir del tiempo. Sí, era un río que se abría a mis pies entre juncos espigados. Pasaban troncos flotando, con tritones y salamandras, y los nenúfares, disfrazados de ancianas, bailaban a la luz clara de la luna llena.

2 comentarios:

Sofía Serra Giráldez dijo...

la sigo...sólo por que lo sepas.
Un beso

Raúl Campos dijo...

: ) Sin pretensiones. Para relajar…

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