22 de marzo de 2012

El sueño de la niña blanca (IV)

Subí a uno de esos troncos empapados, tras nadar en el agua esta vez cálida, y los anfibios de los troncos vecinos se mofaban de mi desnudez, pero yo no tenía vergüenza. Llegando a la desembocadura, algo no tuvo sentido, ya que no era un mar el que absorbía el agua, sino un desierto infinito. Entonces advertí que el río en el que navegaba no era de cristal, sino de arena, de polvo amarillo, de medias lunas nómadas que viajan incansables rompiendo los esquemas del tiempo y la distancia. Era de playa sin mar, sin olas, sin espuma, bajo un sol inconcreto, extraviado, sin rumbo firme y sin un horizonte en el que ponerse.

2 comentarios:

Carmen dijo...

Los sueños con frecuencia carecen de un sentido aparente, pero si profundizas sueles llegar a conclusiones evidentes.
A veces, sólo a veces.
Un saludo

Raúl Campos dijo...

: )

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