1 de abril de 2012

El sueño de la niña blanca (V)

El río se estrechaba para pasar por el cuello de un famélico reloj de arena. Escarbé el limo suave, en busca de aire que aspirar, hasta romper el constante y pulcro jarrón del reloj-prisión. Al salir de él me senté sobre una roca negra, pisando un suelo totalmente blanco. De repente, sonó un piano. Miré hacia atrás y avisté unas grandes manos que se aproximaban presionando las teclas, en una de las cuales yo estaba sentado. A mi lado había una gata persa blanca, inmóvil. No podía moverse. Yo la cogí en mis brazos y eché a correr hasta el final del teclado del que, de un gran salto, conseguí huir con la gata a cuestas. Estaba de nuevo en la ciudad desconocida, en una de tantas calles aturdidas, cuando la gata recobró el movimiento, cayó de mis brazos y anduvo, elegante, delante de mí. Yo, con cierta inercia, la seguía de cerca... En las ventanas y balcones, cientos de simios lanzaban imprecaciones e insultos a mi paso, como a un Cristo de camino a la pasión. Pero yo no les escuchaba. Mis oídos seguían el pisar de la gata de terciopelo y el latido de mi propio corazón.

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