22 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (IX)

sueño, niña blanca, relato, leer, literatura
Yo estaba triste, porque no podía volverme a acercar a la cálida niña blanca. Me quemaba su aura de horno encendido. Mientras ella estuvo fría, pude prender su mano. Ahora permanecía a distancia, tan alejado. ¿Merecía la pena renunciar al tacto suave de la niña blanca a cambio de la paz de la Tierra? Supe que no; la Tierra podría esperar y sobrevivir unos años más. Soplé. Y esparcí mi aliento en la nada, hasta que un pincel invisible dibujó el rocío cayendo del espacio, hasta apagar la última llama del cabello de la niña. Y esta se derrumbó, como un soldado de plomo en una batalla perdida, y la gravedad volvió y la precipitó contra la Tierra. Yo ya estaba allí, encadenado, cuando la vi caer a pocos metros de la jaula en la que yo penaba, en un campo de amapolas. Éstas deseaban hacerse fuego para reanimar a la niña blanca, mas no sabían cómo. El cielo se hundió en azabache. Los mares hacían rugir los surcos de las olas. Los ríos rasgaban las telas con furia. Los volcanes viejos escupían sus monedas como semillas de sufrimiento. Los terremotos abrían vacíos suburbios en los horizontes. Agua y fuego, tierra y viento se entramaban en un obsceno juego de pasión.

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