8 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VII)

Caverna misteriosa que aparece en el relato. Cuentos y literatura.
Cuando se puso a lloviznar una cortina de lentejuelas brillantes, los simios ya no estaban, ni la fuente, ni los balcones, ni las ventanas, ni la plaza, ni la gata. Estaba al borde de un precipicio, de espaldas al vacío infinito, y delante de mis ojos había excavada una gruta en la roca. Caminé hacia el interior. A mi paso se encendían antorchas de fuego y luego, al avanzar más allá de ellas, se desvanecían. Me alumbraban el camino ancho hacia la lobreguez. Las paredes estaban cubiertas de ventanales con cristales de colores, como un claristorio gótico. Estas vidrieras, sin embargo, no dejaban pasar la luz y permanecían apagadas, tétricas, oscuras. Del artesonado pendían murciélagos chillones, burlones, jocosos, como los bufones de un rey medieval. Se oyó un sollozo a mi espalda y los millones de murciélagos volaron como una manta extendida sobre mi cabeza. Era la niña blanca, que lloraba. Ahora no estaba el fuego de siempre a su alrededor, de alguna manera lo había perdido y ahora lloraba del mismo frío. El viento recorría la gruta.

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