15 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VIII)

Este es el relato El sueño de la niña blanca
Ella se acercó a mí. Me cogió de la mano y salí flotando tras su estela. Surcamos un cielo de amanecer durante menos de un segundo, hasta atravesar el Sol como un papel dorado. Jamás la niña blanca volvería a tener frío. Lo entendí enseguida. Ya nada sujetaba mi mano, no había gravedad, y me sentía como un pez en el océano. Vi a la niña blanca envuelta de nuevo en llamas y alegré la vista, y esparcí mi sonrisa como una estrella más en el Universo. Su luz, la luz de sus llamas, dibujaba círculos y líneas curvas, sinuosas, como mil cintas rojas lanzadas hacia arriba, en una explosión de júbilo y placer. Las chispas, encendidas, llegaban a la Tierra, bajo nosotros, y de cada una nacía una rosa: en la arena de las playas, en los charcos de las calles, en los tejados de pizarra, en las altas cordilleras... y la Tierra era un jardín de rosas sin espinas. Nunca volvería la guerra. Nunca volvería el dolor.

1 comentario:

Carmen dijo...

Los sueños son caprichos de la mente y el tuyo es una linda historia envuelta en tanta luz y energía positiva que me provoca una sonrisa serena y y sincera.
Muchos sueños como éste tuyo y muchos soñadores como tú para hacer del planeta tierra un jardín de rosas sin espinas.
Yo me presto voluntaria para soñar un sueño parecido
Un saludo

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