18 de abril de 2012

El megano divífono

El amigo Javier Palencia se ha marcado un blog de esos de rompe y rasga, como las mujeres del cine de los cincuenta, llamado El megano divífono y compuesto, como buena suite, por un montón de buenos poemas de autores consagrados y contemporáneos entre los que ha sido un placer encontrarme.


Poemas del propio Palencia, de Sofía Serra y de Unai Velasco, entre muchos otros, jalonan el discurso lírico de las bestias que fueron Lorca, Vallejo y Tzara, por nombrar sólo tres de la larga lista.

Cuaderno de gritos revolutos con poetas consagrados y contemporáneos


Una lista creciente, abierta y paciente: si consideráis que vuestros poemas pueden pasar la criba, o bien os parece que tal o cual poeta, vivo o muerto, debe tener su lugar en el escaparate minimal de El megano divífno, no dudéis en mandar un telegrama a Javier Palencia (sin avalanchas, por favor), que os atenderá debidamente y os dirá su merecéis un rincón entre tanto blanco.

15 de abril de 2012

El sueño de la niña blanca (VI)

Llegamos a una placeta. En la fuente situada en el centro estaba la niña blanca. De los surtidores, salían llamas rojas, hacia los cuatro puntos cardinales. Ella daba vueltas a la fuente, atravesando las llamaradas. Yo corrí por no perderla de vista otra vez, pero los simios de los balcones saltaron y me agarraron sin permitirme hacer ni un solo movimiento. La niña desapareció.

12 de abril de 2012

Vergüenzas violando ojos

Te roba más tu boca besos
que turbaciones y sonrojos
pues vergüenzas violando ojos
son roces fracturando huesos. 

Los tullidos se creen ilesos
al sacarse de los rastrojos
cual recios que nacieron flojos 
y pobres que murieron cresos. 

La trompeta fundió castillos
de monarcas en calzoncillos
apáticos en sus pesebres. 

Nadie es nada si todo es algo
y puede la tortuga al galgo
vencer como a todas las liebres. 


9 de abril de 2012

César Vallejo: Trilce, XXIV

   Al borde de un sepulcro florecido
transcurren dos marías llorando,
llorando a mares.

   El ñandú desplumado del recuerdo
alarga su postrera pluma,
y con ella la mano negativa de Pedro
graba en un domingo de ramos
resonancias de exequias y de piedras.

   Del borde de un sepulcro removido
se alejan dos marías cantando.

   Lunes.

6 de abril de 2012

La aguja

Con un bisturí noctámbulo 
me he abierto en canal a mí mismo. 

Además de varias toneladas de paja, 
entre coágulos de literatura y demás vísceras, 
he encontrado la aguja. 

La aguja es fina pero contundente
en todos sus pinchazos. 

Es frágil pero manejable
en el esgrima de cada día. 

La aguja parafrasea sin descanso
vómitos y versos de Bukowski, 
gruñendo su filo en la carne
como quien se abalanza. 

Considera una suerte atravesar sin esfuerzo
el papel cuché y las escaletas
de todos los telediarios. 

Vive la hora como el año, 
el año como el universo, 
el universo como el alma. 

Es, en definitiva, una aguja 
esquelética que está engordando. 

Tiene ansias de cincel
(de bisturí noctámbulo). 

Es mosaico, caleidoscopio y puzzle. 

Flexible, plasmática y etérea. 

La aguja es un reinvento de sí misma
que sabrá volverse a perder entre la paja
cuando se encorven mis días 
y termine de coserme en canal. 

3 de abril de 2012

Ruinas de rompeolas

En el rumor de las olas
se rompen todos los besos
y aúllan las caraolas. 

Una galera sin huesos
ha intentado regresar
al circo de los obesos

por el camino del mar
que lleva a ninguna parte
cuando toca naufragar. 

A barlovento estandarte, 
cien idiotas en la cofa
jugando al juego de Marte

con todos los de su estofa. 
Navega la carabela
del silencio y de la mofa. 

Suicida de pasarela, 
me fugué entre bataholas
de aguadillas de mistela
y ruinas de rompeolas. 

(Segundo en el XXXV Concurso de Poesía de Bubok, con tema marítimo)

1 de abril de 2012

El sueño de la niña blanca (V)

El río se estrechaba para pasar por el cuello de un famélico reloj de arena. Escarbé el limo suave, en busca de aire que aspirar, hasta romper el constante y pulcro jarrón del reloj-prisión. Al salir de él me senté sobre una roca negra, pisando un suelo totalmente blanco. De repente, sonó un piano. Miré hacia atrás y avisté unas grandes manos que se aproximaban presionando las teclas, en una de las cuales yo estaba sentado. A mi lado había una gata persa blanca, inmóvil. No podía moverse. Yo la cogí en mis brazos y eché a correr hasta el final del teclado del que, de un gran salto, conseguí huir con la gata a cuestas. Estaba de nuevo en la ciudad desconocida, en una de tantas calles aturdidas, cuando la gata recobró el movimiento, cayó de mis brazos y anduvo, elegante, delante de mí. Yo, con cierta inercia, la seguía de cerca... En las ventanas y balcones, cientos de simios lanzaban imprecaciones e insultos a mi paso, como a un Cristo de camino a la pasión. Pero yo no les escuchaba. Mis oídos seguían el pisar de la gata de terciopelo y el latido de mi propio corazón.
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