29 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (X)

El sueño de la niña blanca habla sobre abejas, tañidos, barrotes, apagones…
Todo era caos, un apagón de la vida, que parecía entonces no haber existido nunca. Y mis barrotes de brisa seguían intactos. Y las amapolas enteras. Y la niña blanca no respondía a mis gritos de dolor. Todo alrededor se desvanecía perdiendo su orden, pero aquella escena, mi cuadro al óleo, seguía intacto, entero, no respondía. Era un claro en el bosque angustiado de movimientos sísmicos. Era una fotografía seca en el diluvio atormentado. Era la columna de luz de una linterna en un callejón de negro cielo. Lo que causaba mi dolor, mientras el resto se desvanecía, seguía absurdamente aumentándolo, porque nada variaba. Ni pude tener a la niña blanca, ni la Tierra tuvo su paz. Oí unas campanas distantes, como cascabeles graves, potentes, sonoros, que tomaban cuerpo y se adentraban en mi espacio intacto. Los graves sonidos de estas campanas, rompieron la brisa de los barrotes, como copas de transparencia. Corrí hacia el prado, mas las amapolas se convirtieron en floretes que esgrimía la Tierra contra mí, empujándome lejos de aquel campo de sangre. Las campanas seguían sonando, cerca, cerca, cada vez más cerca de las amapolas, y el acero de sus pétalos se fulminó al instante, y en su lugar apareció la cera de infinitas abejas colmeneras. Llegué hasta la niña blanca. No respiraba. ¿Era posible aquella desgracia? ¡Qué había hecho!

22 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (IX)

sueño, niña blanca, relato, leer, literatura
Yo estaba triste, porque no podía volverme a acercar a la cálida niña blanca. Me quemaba su aura de horno encendido. Mientras ella estuvo fría, pude prender su mano. Ahora permanecía a distancia, tan alejado. ¿Merecía la pena renunciar al tacto suave de la niña blanca a cambio de la paz de la Tierra? Supe que no; la Tierra podría esperar y sobrevivir unos años más. Soplé. Y esparcí mi aliento en la nada, hasta que un pincel invisible dibujó el rocío cayendo del espacio, hasta apagar la última llama del cabello de la niña. Y esta se derrumbó, como un soldado de plomo en una batalla perdida, y la gravedad volvió y la precipitó contra la Tierra. Yo ya estaba allí, encadenado, cuando la vi caer a pocos metros de la jaula en la que yo penaba, en un campo de amapolas. Éstas deseaban hacerse fuego para reanimar a la niña blanca, mas no sabían cómo. El cielo se hundió en azabache. Los mares hacían rugir los surcos de las olas. Los ríos rasgaban las telas con furia. Los volcanes viejos escupían sus monedas como semillas de sufrimiento. Los terremotos abrían vacíos suburbios en los horizontes. Agua y fuego, tierra y viento se entramaban en un obsceno juego de pasión.

15 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VIII)

Este es el relato El sueño de la niña blanca
Ella se acercó a mí. Me cogió de la mano y salí flotando tras su estela. Surcamos un cielo de amanecer durante menos de un segundo, hasta atravesar el Sol como un papel dorado. Jamás la niña blanca volvería a tener frío. Lo entendí enseguida. Ya nada sujetaba mi mano, no había gravedad, y me sentía como un pez en el océano. Vi a la niña blanca envuelta de nuevo en llamas y alegré la vista, y esparcí mi sonrisa como una estrella más en el Universo. Su luz, la luz de sus llamas, dibujaba círculos y líneas curvas, sinuosas, como mil cintas rojas lanzadas hacia arriba, en una explosión de júbilo y placer. Las chispas, encendidas, llegaban a la Tierra, bajo nosotros, y de cada una nacía una rosa: en la arena de las playas, en los charcos de las calles, en los tejados de pizarra, en las altas cordilleras... y la Tierra era un jardín de rosas sin espinas. Nunca volvería la guerra. Nunca volvería el dolor.

11 de mayo de 2012

Nana para unos ojos abiertos

A Júlia

Naciste ayer y dibujas
milagritos con tus ojos
y prodigios comisura.

En el cielo venenoso, 
tu total fragilidad
nos contrapesa con plomo

por encima y por detrás
de una cunita minúscula
y un suspiro en diagonal.

Por la más tibia blancura,
con el knock out de tu gente,
se te escapa por las juntas

un vaivén como de trenes
apretujando los labios
con siglos y atardeceres.

Pequeñina, dinos algo
con esos ojos abiertos,
que te saldrá el sueño al paso
a dormirte entre sus besos.


8 de mayo de 2012

El sueño de la niña blanca (VII)

Caverna misteriosa que aparece en el relato. Cuentos y literatura.
Cuando se puso a lloviznar una cortina de lentejuelas brillantes, los simios ya no estaban, ni la fuente, ni los balcones, ni las ventanas, ni la plaza, ni la gata. Estaba al borde de un precipicio, de espaldas al vacío infinito, y delante de mis ojos había excavada una gruta en la roca. Caminé hacia el interior. A mi paso se encendían antorchas de fuego y luego, al avanzar más allá de ellas, se desvanecían. Me alumbraban el camino ancho hacia la lobreguez. Las paredes estaban cubiertas de ventanales con cristales de colores, como un claristorio gótico. Estas vidrieras, sin embargo, no dejaban pasar la luz y permanecían apagadas, tétricas, oscuras. Del artesonado pendían murciélagos chillones, burlones, jocosos, como los bufones de un rey medieval. Se oyó un sollozo a mi espalda y los millones de murciélagos volaron como una manta extendida sobre mi cabeza. Era la niña blanca, que lloraba. Ahora no estaba el fuego de siempre a su alrededor, de alguna manera lo había perdido y ahora lloraba del mismo frío. El viento recorría la gruta.
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